Llevo dos horas andando. Pueblos a lo lejos y campos de trigo a los lados. Me acerco hacia uno de ellos. Tan solo la vieja mochila me acompaña. Cuando entro en el pueblo ya esta anocheciendo. Algún que otro tractor, algún que otro coche y demasiados ladridos.

Me alejo de la calle principal. Entre las callejuelas encuentro un camino. Tras un par de tierras de cebada y trigo me encuentro un montón viejo de fardos en una tierra al lado del camino. Algunos de ellos están oscurecidos. Seguramente los habían intentado quemar hace mas de medio año. Forman dos muros de unos 13 metros de altura, uno está enfocado hacia el este y otro hacia el norte. La esquina que forman parece acogedora. Me acerco y dos jovenes zorros salen corriendo de entre las pajas. Uno corre hacia unos matorrales, el otro baja una colina entre un campo de trigo.

Mi estomago ruge al ver tan apetitoso filete. Me quito la mochila la dejo en suelo. Saco una navaja y una manta. Los matorrales no son muy grandes y me meto en ellos. El zorro sale de los matorrales corriendo, pero me lanzo en plancha al suelo y sujetando la manta con las dos manos lo dejo atrapado en su interior. Cojo la navaja con la mano derecha y asesto un golpe certero contra el bulto que hay bajo la manta. La manta comienza a teñirse de rojo mientras el zorro se revuelve. Otro golpe, seguramente haya tocado una pata. Un golpe falla, anclando levemente la navaja en el suelo. Saco la navaja de la tierra, elevo el brazo por encima de mi cabeza y encajo el golpe sobre la parte mas prominente del bulto. Ya no se mueve. Quito la manta. Tanto la manta como el animal están hechos una escabechina (pero no creo que el Kitsune me ataque por haberlo hecho) . Corto como bien puedo los retales de la manta que han quedado limpios y me limpio las manos en uno de ellos. Desuello de mala manera el animal. Cojo una de sus patas traseras y la arranco de cuajo. Busco un mechero en la mochila y la caliento a duras penas (mi cerebro insinúa que así no estará cruda). La muerdo, la mastico y la trago. Es mejor que nada. Hago lo mismo con las otras tres patas. Guardo tronco y cabeza en un trozo de manta, lo cierro con un trozo de cuerda y lo meto en la mochila.

Cojo esta y me acurruco contra la esquina formada por los fardos. Mañana espera otro largo día.

Autor: Einger