La camiseta de manga larga sale una mañana brevemente iluminada por algún rayo de sol. Camina ensimismada, pensando en lo que puede haber dentro del último quark, del último átomo de su cuerpo. Tras tres cuartos de hora sin ninguna conclusión lógica llega a un museo.

Al entrar no se encuentra con ningún cartel pidiendo dinero ya que todavía quedan reductos de gentes que se molestan en conseguir que la cultura sea gratuita. Entra en la primera sala. En ella reina la fotografía, esta muestra lo inútil que son los esfuerzos individuales dentro de un mundo hecho por la podredumbre de todos, en el cual personas ataviadas de todas las razas y culturas se esfuerzan por llegar las primeras. Tras ella se encuentra un sala llena de lienzos que vistos todos de un mismo golpe no ofrecen nada al espectador mas allá de pintura derrochada. En un intento de introspección me aproximo hacia el primero en busca de un título sugerente que me haga ver entre las líneas historias inauditas. La búsqueda es un fracaso: la obra es “Sin título”, coincidiendo con las otras 18 expuestas en esa sala.

No soy un marchante de arte, desconozco el valor de la pintura y muchas veces su significado, pero tengo la imaginación suficiente para encontrar este último. Sumergido en esta aventura encuentro un hilo conductor común a todas las obras: Los espacios cerrados y abiertos y nuestra capacidad de tomar parte en ellos. Pero llegada la obra numero 12 el desasosiego embiste mi alma. Un triangulo en color en el centro que no ha aparecido en ninguna de las anteriores composiciones con un par de círculos a su alrededor. Es un sinsentido, la repugnancia llamando a mi puerta. Jean-Paul Sartre esbozó ese pensamiento en la mente del señor Roquetín y ahora se lo que se siente, es horrible. Intento salir de ese triangulo en busca de una seña de identidad que lo ilumine pero no soy capaz. Podría haberme saltado tal obra y el recorrido habría sido el mismo, pero en estos momentos era imposible. Ese triángulo escaleno me muestra su nausea y a la vez me hace ver la mía propia. Doy una vuelta por el resto de la sala pero mi mente no puede concentrarse en ninguna otra obra . Debo de irme, alejarme de aquel lugar cuanto antes. Por lo menos por ahora.

Autor: Einger