Se trata de algo que escribí en diciembre y que me vino a la mente hace unos días cuando leía un artículo en el blog de Eariandes. Lo llame Los malavenidos

Cuéntame al oído como susurra el vértigo cuando besa la caída del miedo al despegar. Cuentame, en tus llantos, cuantas lagrimas de sol recogiste. Hablame de tus noches Dime palabras oscuras, que mi oído quiere escuchar claro. ¿Qué siente la luna creciente? Explícame el orgasmo de la tierra cuando las olas chocan. Buscaré ante tu puerta el jardín. Lo perdido queda a un paso de lo prohibido. El mar es rocío desinhibido. Las fraguas del hades no queman cuando se ha tocado un corazón. Haz tu cabeza arder. Que tus manos tiemblen. Asústate. Sumérgete en la nieve y nada. Evapora la llama. Escarcha el frío. Teme. Tus pétalos inyectan hormonas en la sangre de los vientos. Destruye cualquier atisbo de razón. No pienses que significa. Mírate. Oféndete por quien eres y no por quien vas a llegar a ser. Ríete de tu muerte. Muérete por tu risa. Desenvaina el veneno que en un dardo hay escondido y no te escondas si la serpiente te ha mordido. Juega con el jugo de los jóvenes gigantes. Aquellos que murieron encima de la trinchera. Roba sus armas para hacerte una cuchara. Navega al paso de mil pingüinos. Utiliza tréboles para combatir espadas. Saluda al frío soplando. No hay conquista en el mar de las pasiones, ni capitán en las carabelas de calaveras. Seduce al rayo, él es lento. Ensucia el barro, irrita al árbol. Grita y haz que muera. Que de su cuerpo estalle el último graznido cuando por tu cuello pasen los malvenidos.

Autor: Einger